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viernes, 13 de octubre de 2017

Para no olvidarme





Para no olvidarme

Calle 1 y 38. No importa la ciudad, no viene al caso. El tránsito circula en un solo sentido, por lo cual estar estacionado del lado izquierdo, además de generar una infracción, es peligroso, imprudente e irresponsable. Es de noche, y por sobre mí, a unos cien metros de altura un Boeing 747 pasa. Nunca fui bueno calculando distancias, mucho menos una altitud, pero supongo que cien es un buen número. Como les decía, un Boeing pasa y puedo ver claramente una ventanilla abierta por la que asoma medio cuerpo mi padre, joven y feliz, saludándome por demás sonriente. Me asombra su insensatez y el enorme peligro que corre ante la sola posibilidad de caer desde semejante altura. Obviamente, en ningún momento tuve en cuenta el detalle no menor de la imposibilidad de una ventanilla abierta en tal situación.
De pronto, me encuentro sentado al lado de una mujer desconocida, contándole dicha anécdota. Se asombra, ríe a carcajadas y festeja la locura. Le relato otra asombrosa historia. En ella, estamos en pleno vuelo con mi padre en otro Boeing que se encuentra inundado hasta casi tener los apoyabrazos sumergidos en el agua. Papá, como si fuese un adolescente irreverente, arroja pequeñas bolas de papel mojado a los pasajeros de asientos posteriores, para luego hacerse el desentendido. Sigue con su picardía largo rato hasta que entre risas le pido deje de hacerlo. La mujer escucha, vuelve a reír y festeja.
De repente, desaparece mi acompañante ocasional, los pasajeros, las intensas luces en la cabina y me despierto. Al darme cuenta que fue un sueño, pienso en ello, y en su significado. No comprendo que representan el agua y los pequeños trozos de papel arrojados. Me levanto a tientas en busca de algo para beber, pues tengo la boca seca. Tal vez sea por tanta charla con una desconocida o simplemente por la agitación sufrida mientras transitaba las imágenes mentales que aquí cuento. Vuelvo a la cama. Me inquieta la oscuridad en la que estoy envuelto. Lamento haber guardado mi portátil y no poder escribir sobre lo soñado. Me mantengo en silencio e intento relajarme escuchando la respiración pausada de Alejandra, que plácidamente duerme a mi lado. No puedo. Vuelvo a levantarme. Busco papel, lápiz y escribo… para no olvidarme.
Sé muy bien que las anécdotas relatadas en el sueño son inexistentes, pues tengo claro que mi padre nunca arrojó bolas de papel a nadie, ni asomó medio cuerpo por ventanilla alguna. Y por cierto, jamás tuvo la oportunidad de abordar un avión, aunque hace algunos meses echó a volar tan alto y tan lejos como nunca imaginé. Tan enorme es la distancia que sus alas establecieron entre los dos, que le llevó todo este tiempo encontrar el modo de hacerme saber que aun estando más allá de las nubes, siempre sabrá cómo hacerme notar su presencia y cercanía, incluso de la forma más extraña e inverosímil, como sería a través de la ventanilla abierta en un avión. Fue finalmente el lápiz quien supo revelar y poner en claro el real sentido de mi sueño.
A través del ventanal, veo que la madrugada transcurre a paso lento, y el sol todavía no da señales de vida. Me acuesto. Repaso íntegramente otra vez el sueño. Y luego, tras contar hasta cien, por fin me duermo.


Autor, voz y edición Marcelo Posada © Derechos Reservados
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