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sábado, 28 de noviembre de 2015

Dos billetes



Dos billetes

Era una noche como cualquiera, no recuerdo en que mes, pero era una noche igual a tantas otras. El frío arreciaba a esa hora en que escasea el tránsito cansado de los vehículos y hasta las ánimas por temor permanecen en sus sepulcros.
Él, esclavo de su debilidad, se aseguró que los bares ya hubiesen cerrado para evitar inesperados testigos. Ella, como casi siempre, estaba a mitad de cuadra, justo en el límite entre la acera y el asfalto. Bella, provocativa, sensual… aguardando la llegada de algún desconocido que al menos justificara la inclemencia sufrida.
Desde la esquina la vio. En un primer momento dudó en avanzar o solo verla y regresar. Sabía perfectamente que una vez iniciada la marcha y ser visto, ya no podría echarse atrás. Se aseguró por última vez la ausencia de miradas indiscretas y se dirigió a su encuentro.
Ella lo recibió con una amplia sonrisa y falsas palabras halagadoras. Él apenas movió la comisura de los labios. La investigó y fue investigado. La recorrió con su mirada, pero ella apuró sus ojos y lo miró fijamente esperando la pregunta habitual. “Cuanto”, dijo con una voz que intentaba fingir seguridad pero a la que le era imposible ocultar su nerviosismo. Ella, con un tono de experimentado mercader, le contestó “dos billetes” y sembró entre los dos uno de esos silencios que establecen una celosa distancia mientras se aguarda una respuesta. Él indagó en su bolsillo derecho, tomó los billetes pactados y quebró el puente que le habían tendido.
Ella fingió una sonrisa con su respectiva dulce y tierna mirada. Le preguntó si prefería la luz mortecina del farol público o el resguardo que ofrecían las sombras en la cercana entrada de garaje. Él prefirió la luz. “Quiero verte”, contestó ya mucho más decidido. “Como quieras”, recibió por lacónica respuesta.
Arrojó su goma de mascar ya sin sabor, se acercó a él y lo besó, de una forma absoluta, profunda, total. Casi con seguridad se podría decir que fue un beso común, rutinario y habitual  para ella… eterno  y portador de todo el amor del mundo para él. Sin cerrar los ojos, sintió que la soledad en ese instante se hacía añicos… que el cristal que lo separaba del mundo circundante se desintegraba y caía a sus pies.
Ella separó sus labios de los labios de él. Él cerró los ojos un instante y volvió en sí. “Listo bebe, ya está” fue lo primero que le escuchó decir. Supo que debía marcharse. Ella volvió a hurgar en la calle vacía, esperando otro desconocido, otro beso, otros dos billetes. Él regresó pisando las huellas dejadas en el camino por el cual había llegado. Volvió a sentir frío, y puso a resguardo sus manos en los bolsillos. Echó una última mirada a su alrededor para asegurarse no haber sido visto. Y sin mirar hacia atrás, dobló en la esquina y se marchó.

Marcelo Posada
© Derechos Reservados
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sábado, 21 de noviembre de 2015

Solo tu vientre




Solo tu vientre

Solo ante tu vientre
la noche se desnuda
y se presenta ante mis ojos
huérfana de agujas,
a la hora en que el pecado
desde lejos se hace carne
y con su embrujo insolente
te hará torrente en mi sangre.
Solo ante tu vientre
soy la envidia de los dioses
porque saben que te tengo
desde siempre sin tenerte,
pues arribando a la cumbre
de tu ansiedad en mi boca
desde el cántaro a la fuente
atesoro cada gota.
Solo ante tu vientre
toda culpa no es condena
cuando veo mi reflejo
que se rinde a la serpiente,
en el instante en que besas
la manzana que estremece
y con la hoguera ya encendida
en secreto me la ofreces.

Marcelo Posada
© Derechos Reservados
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https://www.facebook.com/marcelo.delacosta.5

sábado, 14 de noviembre de 2015

De mi



De mí

Cada poema es un brote
en las venas,
retoño sagrado de principio
a fin
con hebras de tinta reseca
se cubren las hojas
donde el verso nacido
echa raíz.
Cada poema es señal
en la sangre,
murmullo en ceniza
con propio matiz
desborda y eleva
mi sombra si arrastra
un sueño certero
que mece sutil.
Cada poema es un hijo
que nace,
que lleva tatuado
en su esencia
lo que soy, lo que fui
y cuando se marche
sin yo saber donde
sé bien que jamás
podrá olvidarse de mí.

Marcelo Posada
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sábado, 7 de noviembre de 2015

Creación





Creación

Y ésta fue su labor.
El primer día,
terminó con el vacío
cuando tus ojos separaron
la luz de las tinieblas.
El segundo día,
dejó en tus manos sus alas,
y desde un nido de sabanas
trazó en tu piel mi frontera.
El tercer día,
quiso en tu boca mi calma
transformándote en palabra
que se vuelca en un poema.
El cuarto día,
con la luna hechizada
y la luz de la mañana
talló tu nombre en mis venas.
El quinto día,
te hizo cántaro fresco,
reloj sin aguja ni tiempo,
médano y grano de arena.
El sexto día,
a la orilla del silencio
fuiste la ráfaga de viento
que corona la marea.
Y el séptimo día,
dispuesto a descansar,
finalizó su labor
y dejó al amor hacer su tarea.

Marcelo Posada
© Derechos Reservados
http://marcelodelacosta.blogspot.com.ar