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sábado, 25 de abril de 2015

La cuenta

Luego de recorrer aquella calle solitaria, de pocas luces y gotas de rocío flotando en el aire, entró a ese bar en penumbras y con pocas mesas del que tanto había escuchado. Siempre lo imaginó más lúgubre y tétrico, un espacio que infundiera temor y sobrecogimiento a quien ingresase en él… pero no fue así, y al menos en su caso, se sintió seguro de sí mismo, relajado y confiado, sin temores ni dudas.
 Diviso en el fondo del salón una barra, con algunas botellas llenas sobre su áspera madera, otras no tanto y una copa, solo una copa. No había nadie a quien pudiese identificar como la persona encargada del lugar, pero tampoco le importó. Echó un vistazo general a todo el lugar pudiendo ver algunas mesas vacías y dos parroquianos, uno en cada extremo del salón. Al haber tanta oferta de sillas aguardando a quien escogiese sentarse en ellas, eligió la más próxima al ventanal. Desde allí sentía que estaba tan próximo a la acera que hasta podría identificar una a una cada gota húmeda viajando en torrente a merced del viento.
Se dispuso a aguardar el arribo del mesero. Miró su reloj, pero solo como por reflejo, pues en realidad muy poco le importaba que hora era. Se dio cuenta que no escuchaba su lento tic – tac aunque sin embargo funcionaba perfectamente. Tenía la sensación que el tiempo transcurriendo a mitad del asfalto era de un peso distinto al que habitaba dentro del bar. Puede sonar extraña esta percepción, pero era lo que él sentía. Algo así como si afuera los segunderos mantuviesen su rítmica rutina y dentro del bar las agujas se arrastrasen pesadamente por entre las mesas vacías.
Lo sorprendió la voz ronca del mesero con su clásica frase “que se va a servir el señor”. No supo que contestar, ni siquiera lo había pensado… tampoco tenía claro querer tomar algo. “Un café”, respondió automáticamente, casi como de costumbre y sin el mínimo gesto de rebelde cortesía hacia quien no lo había saludado. El hombre, luego de alejarse unos metros, retrocedió sobre sus pasos y con evidente gesto de fastidio, ese fastidio de los que ya están cansados de repetir una y mil veces la misma rutina, la misma actuación, dejó sobre la mesa un papel. ”Esta nota se la envía el caballero de aquella mesa” y señaló hacia la derecha del salón. Sorprendido y sin decir palabra miró rápidamente hacia allí, pero debido a la mala iluminación solo podía adivinar una presencia, ni siquiera determinar si era hombre o mujer, aunque por lo solitario del lugar esta última opción la desechó de plano.
Tomó el papel entre sus manos y lo leyó. “Tu cuenta será saldada”. “Tu… cuenta…”, repasó, repitió y releyó, pausadamente, palabra por palabra. “Saldada…” ¿qué cuenta?  ¿Saldar qué?  Miró hacia la derecha y esa silueta seguía allí. No podía siquiera vislumbrar movimiento alguno en ella. Cuando se disponía a ponerse de pie y encarar al misterioso emisor, el mesero apoyó de mala manera el café en su mesa, dejando a su lado otro idéntico papel. “El caballero aquél...” y señaló hacia atrás con el pulgar por sobre su hombro, apuntando hacia la izquierda del local. Temió tocarlo, mucho más leerlo. Pero humanos somos, y la curiosidad, como todos sabemos, resulta casi siempre vencedora. “Nada importa...” solo eso decía… nada importa. Algo tenso, comenzó a sentirse observado por una silueta similar, pero ahora desde el otro extremo del salón.
Tomo ambas notas, una con cada mano, y se mantuvo mirándolas, aunque sin leerlas, por largo rato. Prolijamente las colocó sobre la mesa, una al lado de la otra, y con el primer sorbo de café ya frío pudo medir de forma precisa cuanto era el tiempo que había transcurrido mientras las agujas se arrastraban pesadamente por entre las mesas, en acuerdo con la percepción que lo invadía desde un principio.
Decidió marcharse sin llamar al mesero. El ruido de las bisagras oxidadas no sobresaltó a nadie. Al salir a la calle, pudo sentir claramente sobre su rostro el frio que transportaba el aire entre sus alas. La calle seguía tan solitaria como cuando había llegado, pero él ya no era el mismo. Independientemente de ambas notas, del tiempo, del frío, del cielo o el infierno, había resuelto, que el azar o lo que llamamos destino decidiesen finalmente quien se haría cargo de la cuenta.
Abrió los ojos. La luz era dolorosamente blanca, lo encandilaba tan profundamente que supuso cualquier entrometido podría curiosear en el fondo de sus abismos más íntimos y sin embargo, no llegaba a percibir cuan tibia era. Varias personas se movían rápidamente en torno suyo. Solo los escuchó decir  “uno, dos, tres...”, luego de lo cual una sensación de vértigo lo embargó al sentir como su cuerpo, frágil y debilitado, era trasladado hacia una camilla.

Marcelo Posada
© Derechos Reservados

http://marcelodelacosta.blogspot.com.ar




jueves, 23 de abril de 2015

Dos billetes

Era una noche como cualquiera, no recuerdo en que mes, pero era una noche igual a tantas otras. El frío arreciaba a esa hora en que escasea el tránsito cansado de los vehículos y hasta las ánimas por temor permanecen en sus sepulcros.
Él, esclavo de su debilidad, se aseguró que los bares ya hubiesen cerrado para evitar inesperados testigos. Ella, como casi siempre, estaba a mitad de cuadra, justo en el límite entre la acera y el asfalto. Bella, provocativa, sensual… aguardando la llegada de algún desconocido que al menos justificara la inclemencia sufrida.
Desde la esquina la vio. En un primer momento dudó en avanzar o solo verla y regresar. Sabía perfectamente que una vez iniciada la marcha y ser visto, ya no podría echarse atrás. Se aseguró por última vez la ausencia de miradas indiscretas y se dirigió a su encuentro.
Ella lo recibió con una amplia sonrisa y falsas palabras halagadoras. Él apenas movió la comisura de los labios. La investigó y fue investigado. La recorrió con su mirada, pero ella apuró sus ojos y lo miró fijamente esperando la pregunta habitual. “Cuanto”, dijo con una voz que intentaba fingir seguridad pero a la que le era imposible ocultar su nerviosismo. Ella, con un tono de experimentado mercader, le contestó “dos billetes” y sembró entre los dos uno de esos  silencios que establecen una expectante distancia mientras se aguarda una respuesta. Él indagó en su bolsillo derecho, tomó los billetes pactados y quebró el puente que le habían tendido.
Ella fingió una sonrisa con su respectiva dulce y tierna mirada. Le preguntó si prefería la luz mortecina del farol público o el resguardo que ofrecían las sombras en la cercana entrada de garaje. Él prefirió la luz. “Quiero verte”, contestó ya mucho más decidido. “Como quieras”, fue su lacónica respuesta.
Arrojó su goma de mascar ya sin sabor, se acercó a él y lo besó, de una forma absoluta, profunda, total. Casi con seguridad se podría decir que fue un beso común, rutinario y habitual  para ella… eterno  y portador de todo el amor del mundo para él. Sin cerrar los ojos, sintió que la soledad en ese instante se hacía añicos… que el cristal que lo separaba del mundo circundante se desintegraba y caía a sus pies.
Ella separó sus labios de los labios de él. Él cerró los ojos un instante y volvió en sí. “Listo bebe, ya está” fue lo primero que le escuchó decir. Supo que debía marcharse. Ella volvió a hurgar en la calle vacía, esperando otro desconocido, otro beso, otros dos billetes. Él regresó pisando las huellas dejadas en el camino por el cual había llegado. Volvió a sentir frío, y puso a resguardo sus manos en los bolsillos. Echó una última mirada a su alrededor para asegurarse no haber sido visto. Y sin mirar hacia atrás, dobló en la esquina y se marchó.

Marcelo Posada
© Derechos Reservados

http://marcelodelacosta.blogspot.com.ar




sábado, 4 de abril de 2015

Antes de ti

Antes de ti,
esa secuencia rutinaria
de besos que se ofrendan
y sillones con la ropa,
de escribir poemas destinados
a persuadir en esos bares
de mesas solitarias y sin copas.
Antes de ti, caricias en la noche
que con la luz de la mañana
perdían la memoria,
y sepultadas por el tiempo
bajo sus escombros,
no acudían a rescatarme
por temor a naufragar
en el insomnio.
Antes de ti,
la continua penitencia
que comulgan los amantes,
entre los pasillos vacíos
sin ser vistos
y los espejos compartidos
un instante.
He dejado atrás ese cansancio
de perderme en la penumbra
de los cuartos que se alquilan,
en las sabanas momentáneas
y la llave en los cerrojos
de las puertas que se olvidan.
Decidí no mentir más amores
ni ser solo una parte
en algunas vidas ajenas,
desde que fuiste la espada
que atravesó la coraza del alma
y a sus escudos de piedra.

Marcelo Posada
http://marcelodelacosta.blogspot.com.ar