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sábado, 28 de febrero de 2015

Deriva

Deriva

Había perdido la noción del tiempo que llevaba tratando de mantenerse a flote en esas aguas turbulentas. Tal era la percepción perdida que ya no recordaba lo que era navegar plácidamente entre un oleaje calmo y la visión de una orilla que otorgara cierta seguridad. La barca, con la que en un principio se desplazaba, ya no existía. Dudaba entre creer que se había hundido sin ella, que solo había sido un sueño o simplemente se había marchado sin tomar en cuenta su ausencia.
Era una sensación rara... nunca dudó de sus propias fuerzas, y sin embargo ahora, que tanto las necesitaba, no encontraba un solo rincón del cuerpo donde hallarlas respondiendo a su pedido. Con el paso del tiempo los músculos comenzaron a perder vigor y a entumecerse. No quiso convencerse que la fatiga, el cansancio extremo y las dudas que comenzaban a acosar comenzarían poco a poco a minar su razón y le impedirían pensar y ver las cosas con cierta claridad.
Se preguntó una y mil veces si hacia una hora, un día o un año que estaba allí, a la deriva y sin playas a la vista. ¿Alguien sabrá de mi situación ? ¿Vendrán a rescatarme y llegarán a tiempo? ¿Habrán notado que en esa barca ya no estoy? ¿O simplemente habrán seguido su camino sin mirar atrás?. Esas preguntas daban vueltas en su interior, pero solo las preguntas, pues nadie en ese momento podía darle una respuesta definitiva.
Sintió que el oleaje se incrementaba, o en todo caso, que ella era quien se volvía cada vez más pequeña... no lo tenía muy claro, pero sí sabía perfectamente que la lucha era absolutamente desigual, desproporcionada, entre esas ondas gigantes de agua que la arrastraban y agitaban a su merced y su frágil humanidad perdida en tal inmensidad.
De pronto, como en una revelación, como un envío divino de la providencia o el destino vio cercano un madero...rustico, simple, descolorido. Ella lo encontró artesanal, perfecto, casi un navío. Nada tuvo que esforzarse por alcanzarlo, pues el mismo movimiento en el que estaba envuelta lo aproximó. En ese instante no hubo lugar para las dudas. Se aferró a él como si fuese el propio Mesías. Lo abrazó con tanta fuerza como no recordaba haberlo hecho antes. Lo sintió blando, cálido, contenedor, bautizándolo en ese mismo momento como su Salvador.
Una vez aferrada a él quiso que las corrientes iniciaran la tarea de llevarla a una orilla segura. Pero empecinadamente el madero no se movía. No podía creer que ello sucediese. Si sería quien la rescatase, quien la mantuviese a salvo y a flote... ¿como demonios permanecía siempre en un mismo lugar?
Otra vez, las dudas, los temores y la pérdida de noción de su propia realidad. Estaba allí, entrelazando sus manos para no desprenderse de un tirante, pero inmóvil, estática e igual que en un principio. Hasta que cayó en la cuenta que el movimiento, el oleaje y la turbia lucha por mantenerse a flote era igual para ambos. Entonces, tuvo que decidir si permanecer aferrada e inmóvil junto a aquel trozo de madera, empeñarse en luchar por arribar a una orilla o simplemente, aguardar que las olas hiciesen su trabajo.

Marcelo Posada

http://marcelodelacosta.blogspot.com.ar

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