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domingo, 13 de julio de 2014

La mitad del abrazo

La primera imagen futbolera que viene a mi mente es la de un domingo de sol en cancha de Chacarita Juniors, pequeño equipo argentino que para mi progenitor es lo más grande que hay, justo el día en que enfrentaba a Estudiantes de La Plata, otro pequeño equipo inmenso para muchos. Me recuerdo íntegramente vestido con la indumentaria oficial funebrera, como se denomina a los simpatizantes de Chacarita. Corría el año 1973, mes de mayo para ser más preciso, y yo, con mis seis años a cuesta, los ojos llenos de colores y los oídos colmados de gritos y cánticos, ingresé por primera vez a un estadio de fútbol en brazos de mi padre.
Demás está decir que el objetivo principal era que esos colores hiciesen carne en mí para toda la vida. Ese día Chacarita perdió dos a uno. Al finalizar el campeonato de ese año en la cima de la tabla de posiciones se ubicó Boca Juniors. El festejo generalizado y un vecino hincha fanático de ese club, me refiero a Beto, hicieron que mi pasión girara ciento ochenta grados y fuese en su dirección. De allí en más, nunca jamás pudieron torcer esa decisión tan importante en la vida de un hombre, esa que logra tatuar determinados colores, vaya a saber porque o fruto de que misteriosa alquimia, en el corazón y el alma de un ser humano.
La segunda imagen que viene desde el pasado, es la de una tarde de domingo fría, muy fría del año 1978, junio 25 para ser más exacto, y yo con once años. En el televisor blanco y negro se reproducían las instancias de un partido que se estaba jugando en la cancha de River Plate. Era la final de la Copa del Mundo de ese año, y la disputaban Argentina como local y Holanda, potencia futbolística de la época.
En este punto los recuerdos son más vagos, diría, casi  como flashes intermitentes. Un comedor grande... tía Liliana y mi madre, con mi hermana sobre sus piernas, sentadas hacia la derecha del televisor, y frente a él, bien frente a él, dos sillas, una al lado de la otra. En una estaba ubicado mi padre. En la otra, tío Gustavo. Y en medio de ellos, como aún estaban muy lejanos mis actuales metro ochenta y cuatro de altura y era de contextura muy pequeña, estaba sentado yo.
Y aquí hago un alto. Gustavo... Gustavo era el marido de mi tía Liliana, que más que tía era como una hermana pues al llevarnos solo seis años de diferencia de edad podría asegurar que nos criamos compartiendo la misma vereda. Por ella conocí el rock, los cortes de pelo impertinentes, la ropa de colores encendidos y  texturas rusticas. Pero... ese es otro tema, no me quiero dispersar de lo que les estoy contando.
Gustavo para mí era algo así como el superhéroe que había logrado atravesar la pantalla una tarde de siesta. Aún recuerdo el día que Liliana lo presentó como su novio oficial. Alto, corpulento, pelo corto, sonrisa amplia y un paquete de caramelos en la mano. Fue suficiente, la conquista fue instantánea. Siempre mojaba con su lengua el labio superior de su boca cuando escuchaba o pensaba. Ese gesto se lo copie. Me parecía llamativo, original. Cuarenta años después ese gesto sigue formando parte de mi repertorio de tics indomables. Y cuanto más lo racionalizo, mas difícil de controlar es. Conclusión, me acompañará lo que reste de camino.
Pero vuelvo a la segunda imagen que viene a la memoria, a las dos sillas, a mi padre, a Gustavo y yo en medio. Es curioso. No recuerdo absolutamente nada de ese día... solo un momento preciso. Sé que fue un gol, no sé cuál de los tres convertidos por Argentina esa tarde,  poco importa. Pero mi padre y Gustavo se fundieron en un solo grito y en un solo abrazo. Y saltaban enloquecidos así, enraizados uno en el otro, durante un tiempo casi cercano a la eternidad. Y yo quedé a mitad de ese abrazo, en medio de los dos. Con mi ídolo a un lado, y mi superhéroe al otro. Algo así como un copo de barro en el asfalto, en el que dos raíces desesperadas buscan salvación. Ellos ni se enteraron que yo estaba allí. Pero ese momento de mi historia viajó sobre mis hombros todos estos años, toda mi vida andada.
Hoy domingo, fue la final de otra Copa del Mundo. Ha quedado muy lejos mi pequeña contextura. Tengo canas, y mi padre muchas más. Ya no creo en superhéroes, y el ídolo de mi niñez se ha transformado en un hombre cansado y sabio,  al que finalmente pude entender, comprender y dimensionar. Las sillas hoy son sillones, y el blanco y negro troco en una paleta de infinitos colores. Gustavo hace unos meses se fue de viaje para siempre, con su capa, su sonrisa y el cuerpo mortalmente vencido. El partido había terminado. Nos abrazamos con mi padre fundiéndonos en un solo grito y un solo abrazo. Enraizados uno en el otro. Y ahí me di cuenta que había una ausencia... que la memoria profunda estaba incompleta... que faltaba la mitad de la raíz... la mitad del abrazo.
Marcelo Posada